Ex Convento de San Agustín de Acolman.

Acolman, Estado de México, México

1539-1560.

“Vuelta en transporte público al siglo XVI”.

A inicios del año 2015 me comenzó una fuerte curiosidad por conocer más obras arquitectónicas del siglo XVI, y es que en realidad conocía muy pocas, quizás sólo Santo Domingo de Oaxaca, el ex convento de Churubusco, San Pedro y San Pablo Teposcolula, la Catedral de Cuernavaca, el Camino Real de Oaxaca, La Pila o Kiosko morisco de Chiapa de Corzo y quizás algún otro que se me traspapele de siglo en la memoria.

Ese año estaba dispuesto a conocer un poco más la arquitectura virreinal mexicana y vaya que decidí empezar con el pie derecho. Chuy y yo estábamos en la Ciudad de México para las festividades de año nuevo, él, que había vivido seis meses en dicha megalópolis,  yo yo, gracias a mis viajes relámpago que suelo hacer al estilo de la famosa pelotita que recorría toda la capital michoacana en un santiamén para anunciar el Festival de Cine de Morelia, conocíamos bastante bien las zonas más concurridas por los turistas en la capital, por lo que teníamos ganas de aventurarnos un poco más a las afueras, ese día decidimos visitar el Ex convento de San Agustín de Acolman, como a cuatro quintas partes del camino a Teotihuacán, encontramos en internet que irnos en “Los Teotihuacanos” no era muy buena idea, aunque no recuerdo por qué, por lo que decidimos aventurarnos en trasporte público, toda una odisea.

Comenzamos en el metro Bellas Artes, puesto que yo no perdono un viaje a la “CDMX” y no desayunar al menos un día ese vasto plato de chilaquiles, verdes o rojos, con carne asada, huevo o ó pollo, preparados en ese lugarcito en la calle López llamado “El sabor de mi tierra”, Bellas Artes es la estación es la más cercana.

Siguiendo las instrucciones que dictaba una impresión de pantalla de un foro de viajes: Del metro bajo la famosísima construcción de mármol blanco nos trasladamos a la estación Pino Suárez, transbordamos a la línea rosa hasta el metro San Lázaro y volvimos a transbordar a la línea B con “correspondencia” a Ciudad Azteca, 14 estaciones después, salimos y a mano derecha se encuentra el centro mutimodal o terminal del Mexibus, recorrimos obligadamente toda una placita comercial en forma de espiral que hasta hospital tenía, ya hasta abajo tuvimos que comprar una tarjeta para utilizar el sistema mexiquense, preguntar como 5 veces porque el patio de maniobras con andenes es súper confuso, hasta llegar al andén indicado, esperar el carro “Exprés” y recorrer dieciséis estaciones ordinarias, pero sólo detenernos en seis exprés llegamos a la Terminal de Abastos donde estaban esperando un sinfín de “combis”, apeado en una de ellas un hombre gritaba “¡Acolman, Santiago, Teotihuacán!”,  abordamos y pedimos al chofer nos avisara en nuestro destino.

Llegando al pueblo de Acolman, me paré dentro de la combi para pagar y de un frenón salí volando hasta la reja que divida la cabina del conductor del área de los viajeros, nos bajamos en una Curva abrupta del camino y nos dijo el chofer que camináramos todo derecho por esa calle que se abría a nuestra derecha, más delante comenzaba un andador, en ese entonces recién remodelado, que obviamente tiene una placota que anuncia las obras durante la gubernatura de Enrique Peña Nieto. Rodeando la muralla del ex convento, unos cien metros más delante nos encontrmos en la entrada del complejo, compramos unos cacahuates confitados y entramos a los inmensos jardines que conforman el atrio y capilla abierta, de frente con el templo blanco y esbelto con su portada de cantera, imponente aun y que se encuentra varios metros más abajo que el nivel de ingreso, caminamos derecho hasta el umbral de madera.

Adentro se percibe una atmósfera un poco extraña, un tanto por el estado de semi abandono, otro tanto por la escala, es tan alto que te sientes pequeñito, muy pequeñito, además prácticamente no tiene retablos, solo el mayor y dos laterales, muy barrocos, muy dorados, posteriores a la construcción obviamente, y algunos pintados, conformados de policromías negro y ocre, con cuanto santo agustino te imagines; Una amiga que intervino en un proyecto de restauración pictórico en conventos de no sé qué siglos, me platicó un día, que debajo de los encalados de los siglos XVII y XVIII es muy común encontrar retablos pintados, la restauración de uno de ellos estaba sucediendo en ese momento, había armado un andamiaje, supongo que los párrocos o dirigentes de los conventos, antes de tener dinero para mandar labrar retablos tridimensionales preferían vestir “de por mientras” los muros de sus templos con frescos que emularan ricos ejemplos,  en este caso en específico supongo que si llegó a tenerlos tridimensionales, pero como en muchas otras iglesias de México de seguro que las Leyes de Reforma, guerras y revoluciones pasaron duro y "lo dejaron pelón", sin nada, nadita de oro o cualquier cosa que se pudiera vender al mejor postor, usualmente coleccionistas americanos, o en el peor de los casos, simplemente se quemaron.

Ese día el lugar estaba adornado con flores y telas blancas, además de la alfombra roja central, esto hacia que el lugar no se sintiera tan vacío, no había candelabros, sólo focos y lámparas tipo gimnasio o deportivo que colgaban de lo alto, a pero eso sí, como toda iglesia en temporada navideña, estaba adornada, sobriamente pero adornada, con muchas grandes piñatas de siete picos, de las tradicionales. Por encima de las piñatas pude observar algo que nunca había visto, las bóvedas de crucería que coronaban la construcción estaban ricamente enyesadas con un patrón de rombos concéntricos, los cuales creaban una textura bastante interesante.

Para ingresar al ex convento hay que hacerlo por la arquería, entrar a la portería e inmediatamente después a la cocina, allí te encuentras con un magnifico claroscuro, luces que entran por las ventanas abocinadas en muros gruesos encalados en blanco, el fogón, y una puerta al otro extremo de la habitación que sale a otro portal, el del patio frontal o de servicios, circundado por una altísima muralla de piedra acomodada, de unos 7 metros, con un portón a mediana altura, al cual se asciende mediante una escalera flanqueada porun pasamanos almenado, frente a esta, se encuentra otra más en forma de “L”, la cual accede a un pasillo de celdas de la planta alta, dicha escalinata se encuentra soportada en su segundo desarrollo por un arco a manera de contrafuerte. Fue allí cuando entendí a Luis Barragán, fue increíble, les juro que allí estaba, estaba en esa misma solución plástica y material que tanto había visto en Guadalajara, allí lo comprendí todo, los volúmenes, siempre ángulos de noventa grados, los pisos de barro desgastados por el sol, los muros anchos, los encalados tan blancos que encandilan, el juego de luz y sombra, el pórtico de dos arcos que comparten la columna central siempre con una bella escalera exterior a un costado, las puertas de madera tallada, todo; si a los alumnos de arquitectura los llevaran a Acolman en primer semestre en lugar de darles clases por horas y horas de teoría sobre el premio Pritzker mexicano, todo sería más fácil realmente lo entenderían.

Rehaces tu camino y llegas al anterefectorio y posteriormente al refectorio, el cual está techado por una bóveda de cañón corrida de arco rebajado, ricamente decorada por frescos imitando un casetonado color negro y figuras de ángeles, posteriormente pasas al claustro grande, de 2 pisos, muy agustino, sobrio e imponente a la vez, de columnas redondas de fuste liso con capiteles coronados por pequeñas esferas y hojas labradas, los deambulatorios también presentan restos cenefas color negro características del siglo XVI, los techos son de vigas de madera a cada 30 o 40 centímetros, con un entarimado de madera por arriba en lugar del tan característico ladrillo de medio pliego al que estoy acostumbrado a ver en construcciones del occidente del país, al centro, un empedrado jardín con naranjos, que por la temporada estaban llenos de frutos, del otro extremo del patio se encuentran las escaleras, ya en el segundo piso una arquería igual de imponente que la de la planta baja.

En algún lugar del recorrido encontré respuesta a las recurrentes piñatas que colgaban por el lugar, y es que la historia cuenta que allí mismo fue donde comenzó la tradición de las posadas. En el año de 1587 el Prior de Acolman, Fray Diego de Soria, pidió al Papa Sixto V permiso para dictar las nueve misas de aguinaldo del 16 al 24 de diciembre, en las que se realizaba una representación teatral en la que se pedía “Posada” en cada una de las capillas posas del convento, recreando el famoso viaje a Belén, las piñatas ya se quebraban en Italia y España, pero fue en este lugar donde se comenzaron a forrar de oropel que significa los engaños y las vanidades del mundo, los colores representaban las tentaciones y los siete picos serían los pecados capitales, así como los dulces simbolizan la verdad y los dones que la naturaleza nos concede como premio de la fe y la perseverancia. La práctica de romper la piñata no fue muy bien vista por las autoridades religiosas de la Nueva España y fue prohibida infructuosamente en el año de 1788, hasta que en 1918 fueron finalmente aceptadas como parte de la celebración religiosa.

Por una puerta de arco de medio punto que se encuentra enmarcada por unas cenefas geométricas negras coronadas por el corazón de atravesado por una flecha, símbolo de dicha religiosa, accedes a una de las obscuras galerías interiores, iluminadas por unos interesantes tragaluces cuadrados, techados con cúpulas de crucería por las que entra la luz con un juego y tamiz dificilísimo de describir con palabras, una pequeña puerta te abre paso a otra galería que funcionara como ante coro, donde se encuentran unas escaleras que dirigen al coro, no hay paso, el coro pertenece a la iglesia, no es parte del museo, pero detrás de ellas está la puerta a la capilla abierta del segundo piso, con un pequeño altar y vista a todo el atrio del exconvento, desde aquí entiendes por que el conjunto se encuentra más abajo con respecto al nivel de la calle, esto genera un jardín en declive hacia la capilla abierta, una explanada con un poco de isóptica, lo cual permitía que todos los indígenas pudieran ver la celebración de la misa, desde cualquier punto del atrio, jamás lo había visto en otro conjunto conventual.

Regresando y recorriendo las galerías hacia el otro lado, puedes encontrar una salida a otra terraza, la cual tiene una increíble vista del muro posterior de la iglesia, el ábside, un muro de piedra acomodada de unos quince metros de altura rematado por almenas, esta imagen describe exactamente lo que un templo fortaleza fue y sigue siendo, esta imagen te transporta en tiempo y lugar, te hace sentir en algún lugar durante la época medieval, te lo aseguro.

Rehaciendo camino es posible visitar el claustro chico del conjunto, mucho más sobrio, de robustos muros columna construidos en piedra de tezontle acomodada, con un contrafuerte adosado, muy similar a los claustros franciscanos que podemos encontrar en Yucatán, como el rosado San Bernardino en Valladolid o el blanco San Antonio de Padua en Izamal, sólo que éste no tiene enjarre alguno, sus pasillos están techados por bóvedas de cañón corrido, estas y sus murosse encuentran encalados y presentan restos de monocromías que ilustran diversas escenas de la vida agustina.

Salimos del conjunto, caminamos por el atrio, una boda recién había terminado, justo los recién casados cruzaban el umbral del templo, volaba arroz, se repartían abrazos y sonrisas, la tranquilidad que se respiraba era increíble, nos dirigimos hacia la entrada principal al mismo tiempo que los miembros del coro salían con sus instrumentos y tripies bajo el brazo, la sombra de la barda almenada perimetral indicaba que pasaba ya por un par de horas del mediodía,  queríamos lograr visitar otro lugar, “La Universidad de Chapingo”, en Texcoco, unos señores que vendían frituras en la calle nos dijeron que había una pesero que nos llevaba hasta el centro de la antigua ciudad que fuese gobernada por Nezahualcóyotl, apresuramos el paso hacia el mismo crucero por donde llegamos.

 

Texto: Arq. Alberto Avilés.

Fotografías: Arq. Alberto Avilés.